Ximena descubrió que el hombre más reservado que había conocido tenía la costumbre absurda de dejar fruta cortada en la cocina para alguien más.
No para sí mismo. Eso quedó claro cuando lo vio ignorar completamente el tazón de mango y papaya que descansaba sobre la isla de mármol, cubierto con un trapo de lino como si fuera una ofrenda. Petra, que limpiaba el fregadero con la concentración de alguien desactivando una bomba, lo notó antes de que Ximena pudiera preguntar.
—Lo hace desde que llegó