La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por la tenue luz de una lámpara de pie en la esquina. Elena permanecía sentada en el sofá de cuero, con las manos entrelazadas sobre su regazo, intentando controlar el temblor que las recorría. Frente a ella, Adrián —o Alexander, como ahora sabía que se llamaba realmente— la observaba con una expresión indescifrable. El silencio entre ellos era denso, cargado de todas las verdades no dichas que habían flotado entre ambos durante meses.
—Es