El agua la envolvía, fría y densa, como un abrazo que no quería soltar. Elena intentaba gritar, pero solo burbujas escapaban de su boca mientras se hundía más y más en la oscuridad verdosa. Arriba, la superficie del lago se alejaba, convirtiéndose en un círculo de luz cada vez más pequeño. Sus pulmones ardían, suplicando oxígeno, mientras sus brazos se agitaban desesperados contra la corriente que la arrastraba hacia abajo.
Y entonces lo vio: un automóvil sumergido, oxidado y cubierto de algas,