ZAYED.
Arrastro el cuerpo de Karim hacia el auto, mis manos cubiertas de su sangre, que no cesa de brotar como un río oscuro e interminable. La tensión de la situación me aprieta el pecho, y aún puedo escuchar el eco de las balas de la ráfaga que Samira descargó sobre él. Esas malditas balas que atravesaron su cuerpo. Todo sucedió tan rápido que mi mente aún no alcanza a procesarlo. Jamás imaginé que esa mujer, que alguna vez fue tan cercana, pudiera llegar a hacer algo así. Mi respiración se a