Más tarde Dante había llegado por mí. Estaba molesta porque a nadie hoy le parecía bien tocar la puta puerta.
—Podrían tocar antes de… — no continúe al ver su mirada fría, su porte imponente e inalcanzable, ese aire de poder y esa frialdad me hicieron callar y tragar en seco.
—No necesito tocar la puerta de la oficina de mi esposa, ahora, vamos.— dijo con severidad. No habia espacios para objecciones, era seguirlo sin más.
A pesar de eso no podía dejar de pensar en lo ocurrido anoche, su indi