—¿Estás bien?—preguntó Dante, con la voz cargada de dolor y furia mientras apretaba su herida con una mano.
No podía hablar. Mis piernas temblaban, mi pecho subía y bajaba rápidamente, y las lágrimas rodaban por mi rostro. Apenas podía procesar lo que acababa de suceder.
—¡Te dije que no te movieras! ¡Maldita sea, Sophía!—gruñó, su tono era más de preocupación que de enojo.
—Vi... vi que iban a dispararte...—susurré, con la voz rota.
Él me miró por un instante juntando sus cejas,estaba tratando