Capitulo 5

Beto pasó el resto de la tarde sintiendo que el aire de la universidad le quemaba los pulmones. El eco de las palabras de Beca seguía retumbando en su cabeza con la fuerza de un martillazo: «No voy a permitir que una niña consentida y sin oficio venga a intentar humillarme en mi propia cara para luego montar este show de lágrimas falsas...».

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la humillación pública, pero sobre todo, la absoluta lucidez con la que Beca lo había desarmado. Ella no había necesitado gritar ni insultar; le había bastado con exhibir la verdad con la precisión de un cirujano. Y él, educado para ser un caballero perfecto según los manuales de Doña Elena, había quedado en ridículo, sosteniendo el llanto de una mujer en la que ya no lograba confiar.

Al salir de la última clase, Beto caminó a paso rápido hacia el estacionamiento. Ignoró las llamadas de sus amigos y los mensajes de Vanessa que vibraban insistentes en su bolsillo. Necesitaba encontrarla. Necesitaba borrar la fría decepción que había visto en los ojos oscuros de Beca.

Manejó su auto hasta el pequeño vecindario donde ella vivía, un sector de calles tranquilas y casas de fachadas sencillas pero cuidadas. Estacionó a unos metros de la vivienda de dos pisos. Se quedó dentro del vehículo unos minutos, con las manos apretadas contra el volante, sintiendo por primera vez el choque invisible entre sus dos mundos. En su casa de techos altos, los problemas se ocultaban detrás de un cheque o una amenaza elegante; aquí, en la acera de Beca, se dependía de la mirada directa y la palabra empeñada.

Tomó aire, bajó del auto y caminó hacia la entrada. Justo cuando iba a tocar el timbre, la puerta se abrió.

Beca salía con una chaqueta ligera y una bolsa con envases plásticos vacíos, probablemente para hacer algún recado de su madre. Al ver a Beto plantado en su porche, se detuvo en seco. Su rostro no mostró sorpresa ni enojo; solo esa serenidad gélida que a él tanto le costaba descifrar.

—Roberto —dijo ella, usando deliberadamente su nombre completo, marcando una distancia kilométrica—. ¿Qué haces aquí?

—Beca, por favor, necesito que hablemos —pidió él de inmediato, dando un paso al frente. Su tono usualmente seguro sonaba extrañamente vulnerable—. Vine a disculparme por lo de esta mañana. En el pasillo... yo no debí dudar de ti. No debí permitir que las cosas llegaran a ese punto.

Beca dejó escapar un suspiro suave y apoyó la bolsa contra su costado, cruzándose de brazos.

—Ya te lo dije esta mañana, Roberto. No necesito tus disculpas, ni tampoco tus explicaciones. Lo que pasó en el pasillo solo me demostró una cosa: mi papá tenía toda la razón del mundo cuando me advirtió sobre ti.

Beto frunció el ceño, tocado en el orgullo.

—¿Tu papá? ¿Qué tiene que ver él en esto? Beca, yo no soy mi familia, ni tampoco soy Vanessa.

—Pero te dejas manejar por ellas —replicó Beca con una firmeza implacable—. Tu madre me mira como si fuera un bicho raro, y Vanessa monta un espectáculo digno de un premio porque no soporta que alguien de mi estatus no se arrodille ante ella. Y tú... tú te quedas en el medio, cegado por dos lágrimas ensayadas, dudando de la persona con la que pasas horas trabajando. Mi papá me dijo que tu mundo vive de las apariencias, y hoy lo confirmaste. Prefieres la mentira cómoda que encaja en tu estatus antes que la verdad incómoda de alguien que no tiene un apellido rimbombante.

—¡Eso no es verdad! —exclamó Beto, alzando un poco la voz por la frustración de sentirse tan expuesto—. Me equivoqué, lo admito. Me tomó por sorpresa. Pero vine hasta aquí porque me importas, Beca. Me importa lo que pienses de mí y no quiero que este proyecto, ni lo que sea que está naciendo entre nosotros, se destruya por un capricho de Vanessa. Te aseguro que hablé con ella y le dejé claro que no vuelva a acercarse a ti.

Beca lo miró fijamente por unos largos segundos. El viento de la tarde movió unos mechones de su cabello, pero su postura no flaqueó.

—Aprecio que hayas venido, Roberto. De verdad. Requiere algo de valor bajarte de tu auto lujoso para venir a este barrio a dar la cara —admitió ella, suavizando apenas un milímetro el tono, aunque manteniendo la guardia en alto—. Pero no te equivoques. Yo no voy a ir al Decano a suspender el proyecto porque no le huyo al trabajo, y porque esa beca es el esfuerzo de mis padres. Vamos a terminar lo que empezamos. Pero mantengamos las cosas donde deben estar: en el plano estrictamente académico. No me mezcles en tus guerras familiares, ni me uses para demostrarle nada a tu mamá.

—Beca, yo no te estoy usando...

—Terminemos el informe, graduémonos y que cada quien siga en su mundo —lo interrumpió ella con una sonrisa triste pero resuelta—. Buenas tardes, Roberto.

Beca pasó por su lado con paso firme, dejándolo solo en el porche. Beto se quedó allí, mirando cómo ella se alejaba por la acera sin mirar atrás. Sintió una opresión desconocida en el pecho, una mezcla de rabia contra sí mismo y una atracción incontrolable. Beca era la única persona en su vida que no quería nada de su dinero, la única que lo obligaba a mirarse al espejo sin los filtros de su apellido.

Mientras caminaba de regreso a su auto, Beto tomó una decisión en silencio: no iba a dejarla ir tan fácilmente. Aunque tuviera que enfrentarse a los mandatos de Doña Elena y a las intrigas de Vanessa, iba a ganarse el respeto y el corazón de Rebeca. Lo que no sabía era que, al tomar esa determinación, estaba firmando el inicio de una guerra donde las trampas serían mucho más sucias de lo que su nobleza podía imaginar.

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