Las luces de emergencia de la clínica cortaron la penumbra de la noche mientras la camioneta de Armando frenaba en seco en la entrada de urgencias. Sin esperar a los camilleros, Armando levantó a Rebeca en brazos. Ella temblaba incontrolablemente, ardiendo en una fiebre muy alta y balbuceando palabras incomprensibles.
—¡Necesito un médico de urgencia! —rugió Armando al cruzar las puertas automáticas, con la desesperación marcada en cada rasgo de su rostro—. ¡Tiene fiebre alta y está embarazada,