Capitulo 4

Para el resto del mundo, Vanessa era el epítome de la perfección. La encarnación de la gracia, la riqueza y el éxito social. Sin embargo, detrás de las puertas de la imponente residencia de los de la Vega, la realidad se tejía con hilos mucho más delgados, afilados y asfixiantes.

La casa de Vanessa no olía a pan recién horneado ni se llenaba con risas espontáneas. Olía a cera para muebles importados, a flores frescas cambiadas cada mañana por el personal de servicio y a un silencio gélido que solo se rompía por el tintineo de los cubiertos sobre la vajilla de porcelana.

Aquella tarde, tras el desastroso enfrentamiento en el pasillo de la universidad, Vanessa se encontraba sentada frente al tocador de su habitación. Se miraba al espejo mientras su madre, Doña Victoria de la Vega, permanecía de pie a su espalda, observándola con una rigidez idéntica a la de Doña Elena. Victoria era una mujer de facciones endurecidas por el bótox y el orgullo, cuyos ojos nunca expresaban calidez, sino una constante evaluación de estándares.

—Me enteré de que hiciste una escena en la facultad, Vanessa —dijo Victoria, con una voz tan pausada y cortante que helaba la sangre—. Elena me llamó para preguntarme si estabas indispuesta. ¿Es verdad que te rebajaste a discutir en público con una becada?

Vanessa apretó los dientes, sintiendo cómo los ojos le ardían de frustración.

—Ella me provocó, mamá. Es una igualada que no conoce su lugar...

—¡No me importan tus excusas! —la interrumpió Victoria, apoyando una mano firme sobre el hombro de su hija, apretando con fuerza—. Una De la Vega no se rebaja al nivel de la servidumbre para pelear. Una De la Vega destruye en silencio, con elegancia. Te he criado para ser perfecta, Vanessa. No para que andes llorando en los pasillos como una criatura patética.

Vanessa bajó la mirada, tragándose la réplica. Desde que tenía memoria, su vida había sido un libreto rígidamente estructurado por su madre. Cada clase de ballet, cada idioma aprendido, cada postura en la mesa y cada sonrisa ensayada tenían un único y exclusivo propósito: convertirse en la esposa de Roberto.

Para las dos familias, ese matrimonio era el negocio perfecto, la fusión de dos imperios económicos que aseguraría el control absoluto del círculo empresarial. No importaba lo que Vanessa sintiera. Nunca había importado.

Victoria se alejó hacia el ventanal que daba a los inmensos jardines de la propiedad.

—Desde el día en que naciste, tu destino quedó sellado, Vanessa. Te vas a casar con Roberto. Vas a heredar el lugar que te corresponde al lado de Elena en la fundación y vas a mantener el apellido en la cúspide. Así que sácate las cursilerías de la cabeza. Supongo que sigues pensando en el muchacho Casas.

Al escuchar ese nombre, el corazón de Vanessa dio un vuelco doloroso en el pecho.

Enrique Casas.

Él era el secreto mejor guardado y la herida más profunda de Vanessa. Enrique era un joven de su mismo círculo social, un hombre flamante, culto, de una elegancia magnética y con un apellido respetable, pero cuya familia no poseía la fortuna milmillonaria de los de Roberto. Enrique la amaba de verdad, con una intensidad que la hacía temblar, y ella lo amaba a él. En los brazos de Enrique, Vanessa no tenía que ser la heredera perfecta; podía reír, llorar y ser simplemente una mujer de veintiún años.

—Enrique es un buen partido para cualquier otra, Vanessa —sentenció Victoria, dándose la vuelta con una mirada implacable—, pero para ti, es una distracción barata. No tiene los miles de millones de Roberto, no tiene las acciones en los bancos principales. Casarte con él sería un desperdicio de todo lo que he invertido en ti. Juega las cartas que te di, domina a Roberto, y si después de casada quieres tener tus... pasatiempos discretos, ese ya será tu asunto. Pero el anillo de compromiso tiene que ser el de Roberto. ¿Quedó claro?

—Sí, mamá —murmuró Vanessa, sintiendo un nudo de náuseas en la garganta.

Cuando su madre salió de la habitación, cerrando la puerta con ese eco seco que caracterizaba a la casa, Vanessa se derrumbó sobre el tocador. Abrió el cajón secreto de su escritorio y sacó una pequeña fotografía instantánea que guardaba oculta: Enrique sonriendo en una playa, mirándola con adoración pura. Una lágrima real, esta vez sin pizca de actuación, resbaló por su mejilla.

Ella no amaba a Roberto. Nunca lo había amado. Para ella, Beto era un hombre predecible, noble hasta la ingenuidad, un deber que debía cumplir para complacer a la implacable mujer que la había traído al mundo. Odiaba tener que actuar frente a él, odiaba tener que fingir una sumisión y una dulzura que no sentía. Pero estaba dispuesta a jugar el juego. Estaba dispuesta a sacrificar su felicidad con Enrique con tal de no perder el estatus y la aprobación de su madre.

Y todo ese sacrificio, toda esa estructura perfecta que había construido durante años, se estaba desmoronando por culpa de una sola persona.

Rebeca.

Vanessa guardó la foto y apretó los puños, transformando el dolor del amor prohibido en un odio ciego y visceral hacia Beca. Si Beca seguía en el camino, Beto continuaría alejándose de las expectativas familiares, y si el matrimonio se cancelaba, la ira de Victoria caería sobre ella destructivamente.

—Esto es tu culpa, muerta de hambre —siseó Vanessa, mirándose de nuevo al espejo, donde sus ojos ya no reflejaban a la muchacha enamorada de Enrique, sino a una réplica exacta de su madre—. Tú llegaste a desordenar mi tablero. Pero no voy a dejar que una pobretona me quite el futuro por el que he sacrificado mi vida entera. Si tengo que destruirte para salvarme, lo voy a hacer.

La telaraña estaba lista. Vanessa ya no peleaba solo por capricho; peleaba por supervivencia social, atrapada en su propia jaula de oro.

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