Capitulo 6

Antes de que la noche cayera por completo y el recuerdo de la mirada helada de Beca terminara de asfixiarlo, Beto citó a Vanessa en el cafetín del club privado al que ambas familias asistían. No quería intermediarios, ni llamadas que su madre pudiera intervenir. Necesitaba cortar la cizaña de raíz.

Vanessa llegó vistiendo un elegante conjunto de sastre color crema, sonriendo con esa ligereza ensayada que ahora a Beto le resultaba profundamente irritante.

—Beto, qué detalle que me llamaras —dijo ella, deslizándose en la silla frente a él—. Pensé que seguirías molesto por el malentendido de esta mañana en la facultad. De verdad, esa chica Rebeca tiene un temperamento tan ordinario...

—Cállate, Vanessa —la cortó Beto. Su voz no fue un grito, sino un susurro tenso y afilado que congeló la sonrisa en el rostro de la muchacha.

Vanessa parpadeó, desconcertada por la frialdad en los ojos de quien siempre había sido un joven complaciente y predecible.

—¿Perón? Roberto, no me hables así...

—Te hablo exactamente cómo te lo has ganado —continuó él, inclinándose hacia adelante sobre la mesa de mármol, acortando la distancia para que nadie más escuchara—. Esta mañana me arrastraste a tu ridículo show de lástima en el pasillo, y cometí el error de dudar de Beca por un segundo. Pero ya abrí los ojos, Vanessa. Sé perfectamente que fuiste tú quien empezó a provocarla y a insultar su origen.

—Yo solo le dije la verdad, Beto, ella no pertenece a nuestro...

—¡Me importa un demonio tu opinión sobre dónde pertenece la gente! —siseó Beto, dándole un leve golpe a la mesa que hizo tintinear las tazas—. Escúchame bien lo que te voy a decir, porque no lo voy a repetir. Te prohíbo que vuelvas a acercarte a Rebeca. Te prohíbo que vuelvas a dirigirle la palabra, a mirarla o a pararte en el mismo pasillo que ella. Si vuelvo a enterarme de que intentas humillarla o que juegas a la víctima para perjudicarla, atente a las consecuencias.

Vanessa apretó los labios, sintiendo el aguijonazo del orgullo herido. La rabia empezó a teñirle las mejillas.

—¿Me estás amenazando por una muerta de hambre, Roberto? ¿Qué crees que dirá tu mamá cuando se entere de cómo defiendes a esa igualada? De hecho, Elena ya está al tanto de la clase de tipa con la que estás perdiendo el tiempo.

Beto dejó escapar una risa seca, irónica y cargada de desprecio, una reacción que descolocó por completo a Vanessa.

—¿Vas a ir corriendo a quejarte con mi mamá, Vanessa? Hazlo. Anda, ve con Doña Elena —la desafió él, sosteniéndole la mirada con una seguridad aplastante—. Pero ten por seguro una cosa: si tú vas con el chisme, yo mismo me voy a encargar de sentarme con mi madre y explicarle detalladamente cómo una «muerta de hambre», como tú la llamas, es capaz de generarte tanta, pero tanta inseguridad, que tienes que rebajarte a llorar en los pasillos de la universidad porque no soportas que ella sea mil veces más inteligente, digna y elegante que tú.

Vanessa se quedó de una pieza, pálida, como si le hubieran dado una bofetada.

—¿Cómo te afectará eso frente a Elena, Vanessa? —remató Beto, con una frialdad implacable—. Ya sabes cómo es mi mamá con la debilidad. Si se entera de que una chica de clase media te hace temblar el piso y te quita el sueño con solo mirarte, Doña Elena va a empezar a dudar de si realmente tienes el carácter para llevar nuestro apellido. Así que piénsalo dos veces antes de usar a mi madre como tu escudo.

Vanessa clavó las uñas en las palmas de sus manos debajo de la mesa. El golpe de Beto había sido certero, directo al único lugar que le dolía: su posición social y la aprobación de las matriarcas. Sabía que él tenía razón; si Elena la percibía como una perdedora insegura frente a Beca, su valor en el tablero de las élites caería en picada, y la ira de su propia madre, Victoria, sería implacable.

—Eres un cínico, Roberto —consiguió articular Vanessa con la voz temblorosa de rabia, levantándose de la mesa con brusquedad—. Te estás volviendo igual de ordinario que ella.

—Quédate en tu mundo de caridad y frivolidades, Vanessa —concluyó Beto, repitiendo con orgullo las mismas palabras que Beca había usado—. Y déjanos en paz.

Vanessa dio media vuelta y se retiró a pasos rápidos, con el veneno hirviéndole en la sangre. Mientras tanto, Beto se quedó solo, respirando al fin con tranquilidad. Había trazado una línea en la arena. Había defendido el honor de Beca a espaldas de ella, no para ganar un premio, sino porque era lo correcto. El problema era que Vanessa, acorralada en su inseguridad y con el orgullo destrozado, no se quedaría de brazos cruzados: si no podía usar a Elena de frente, buscaría formas mucho más oscuras de destruir a Rebeca.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP