La sala de juntas magna se vació gradualmente. Los miembros del consejo directivo abandonaron el piso veinticuatro comentando el brillante desenlace del informe, mientras Doña Elena, Beto, Mauricio y Rebeca se dirigían a la oficina de la dirección financiera para afinar los detalles de la firma oficial.
El pasillo quedó en un silencio desolador. Solo quedaban dos personas en el espacio central: Armando, parado con los brazos cruzados y el rostro rígido como el mármol, y Juliana, que permanecía