Tres días después del anuncio que prometía cambiar su vida, el cubículo de Juliana se había transformado en un calvario de cafeína y pantallas parpadeantes. Las hojas de cálculo del sistema financiero mostraban celdas vacías y fórmulas rotas que parecían burlarse de ella. La cruda realidad la había alcanzado con la fuerza de un muro de concreto: Juliana no tenía cómo proyectar lo que solicitaban. Su experticia en la corporación jamás se había enfocado en el análisis profundo de números ni en la