La luz del atardecer se filtraba por los inmensos ventanales del piso veinticuatro, proyectando sombras alargadas sobre el escritorio de caoba. Beca se frotó las sienes, con la vista fija en la pantalla de su laptop, donde la silueta impecable de Armando se recortaba contra el fondo de una elegante sala de conferencias en el extranjero. A pesar de la distancia y de la diferencia horaria, la voz del ingeniero resonaba con la claridad y la firmeza magnética de siempre a través de la videollamada.