La quietud se extendió entre ambos, pesado, sofocante. Pero Zaid no era un hombre que permitiera que el silencio lo controlara. No iba a quedarse con la seriedad marcada en la cara por mucho tiempo. Por lo tanto, forzó su expresión habitual, aquella sonrisa perturbadora que parecía no pertenecerle a un ser humano cuerdo, y soltó un suspiro teatral.
—Vaya, vaya... —pronunció al fin, con una falsa camaradería—. Reinhardt Barone. Hace tanto tiempo que no te veo...
Sin embargo, Reinhardt no respondi