Mundo ficciónIniciar sesiónAnaís fue forzada a cas con Alejandro, un magnate poderoso y frío, para asegurar una alianza que salvaría a la familia de él de la ruina. Durante seis largos años, Anaís intentó gan el corazón de su esposo, pero siempre fue recibida con indiferencia. A pesar de haber plido con sus deberes de esposa impecable, nunca pudo darle un hijo, lo que fue motivo de frecuentes críticas por parte de su marido y su entorno. La situación empeora cuando Lucrecia, la prima de Anaís y el primer y único amor de Alejandro, regresa inesperadamente. Jorge comienza a mostrar favoritismo hacia su prima, pasando cada vez más tiempo con ella y relegando a Anaís al papel de una simple sombra en su propia casa. Anaís, herida por los desprecios y agotada de competir con el fantasma del pasado, toma una decisión: firma el divorcio y se convierte en la mujer más poderosa.
Leer másDiez años habían pasado desde aquel horrible día de la boda de Anaís y Ernesto. El tiempo había transformado la tragedia en una historia de amor y felicidad. Lucrecia, por su parte, seguía pagando su condena en el penal de mujeres, donde había sido sentenciada a cuarenta y cinco años de prisión por sus crímenes. Su hijo, que había llegado al mundo en medio del caos, ahora estaba por cumplir nueve años. Apenas unos meses separaban su cumpleaños del de Lía, la hermosa y brillante hija de Anaís y Ernesto.Era una mañana soleada en la casa de los Santos. Anaís estaba en la cocina preparando el desayuno, mientras Ernesto trabajaba en su despacho, revisando algunos documentos. De repente, su hija Lía irrumpió en la habitación gritando con emoción.— ¡Papá, papá! — gritó, corriendo hacia él con una hoja de papel en la mano.Ernesto levantó la vista, sorprendido por la energía de su hija.— ¿Qué sucede, pequeña? — preguntó, sonriendo al ver su entusiasmo.Lía le mostró el dibujo, un boceto co
Anaís salió de la mansión Guerrero con el corazón latiendo con fuerza. Había enfrentado a Lucrecia y había logrado que se hiciera justicia, pero al mismo tiempo, el peso de la situación la había dejado exhausta. Caminó hacia el coche donde Rogelio la esperaba, sintiendo que un torbellino de emociones la invadían. Sin embargo, cuando iba a abrir la puerta, escuchó una voz familiar que la llamaba.— ¡Anaís! — gritó Jorge, alcanzándola.Ella se detuvo, sintiendo una mezcla de frustración y tristeza. No tenía ganas de discutir, y menos en ese momento.— No tengo ganas de discutir, Jorge — respondió, manteniendo su mirada fija en el suelo.Jorge se detuvo a pocos pasos de ella, sintiendo que la tensión en el aire era casi palpable.— Anaís, por favor... — dijo, su voz cargada de emoción —. No quiero molestarte. Solo... solo quiero pedirte perdón.Anaís lo miró sorprendida. Jorge le había pedido perdón varias veces, pero esta vez, el tono de su voz y la forma en que lo miraba se veía difere
Anaís bajó del coche con una apariencia que asustaría a cualquiera. Su vestido de novia, una vez blanco y elegante, ahora estaba cubierto de tierra, rasgado y manchado de sangre. Su rostro estaba marcado por un moretón y su cabello deshecho, como si hubiera salido de una guerra. Pero, de hecho, así había sido: una guerra en el día de su boda. Se sintió como una guerrera, lista para enfrentar a su enemigo.— Señorita Santana — dijo Ramiro, sorprendido de verla en ese estado —. He oído lo que sucedió. Lo siento tanto.Anaís lo miró con intensidad, su mirada decidida.— ¿Dónde está Lucrecia? — preguntó, su voz firme y llena de ira.Ramiro, al ver que la policía llegaba detrás de ella, supo que era el fin. Se hizo a un lado y la dejó pasar, sintiendo que el destino de todos estaba a punto de cambiar.Cuando Anaís entró, se dirigió directamente hacia el centro del salón, donde efectivamente se encontraba Lucrecia y Jorge bailando. El ambiente festivo se congeló en el instante en que aparec
El ambiente en la clínica era tenso, pero al mismo tiempo, Anaís sintió que una ligera brisa de esperanza comenzaba a filtrarse a través de su angustia. Después de lo que parecía una eternidad, el médico salió de la habitación de Ernesto con una expresión seria pero aliviada.— Señora, el señor Santos se encuentra fuera de peligro — anunció, su voz clara entre el murmullo de la sala de espera.Anaís sintió que un peso enorme se levantaba de su pecho. Finalmente, podía respirar en paz. La angustia que la había acompañado desde el momento en que vio a su esposo lleno de heridas comenzó a desvanecerse. Se dejó caer en una silla cercana, sintiendo que las lágrimas de alivio comenzaban a formarse en sus ojos.En ese momento, Rogelio se acercó, junto con un hombre más que Anaís no reconoció de inmediato.— ¿Te encuentras bien? — preguntó Rogelio, su expresión era de preocupación genuina —. ¿Qué te dijo el médico?Anaís avanzaba lentamente hacia luz de la paz, sintiendo que la calma comenzab
Último capítulo