—¡¿Qué?! – dijo ella en su sobresalto.
—Que mientes…— Giovanni le dijo y volvió a tomarla de la mano. —… y pagarás por ello— volvió a retomar su marcha, de nueva cuenta, al estacionamiento.
—¿A dónde vamos?... t-tengo trabajo y tú tambien…— dijo rápidamente mientras se obligaba a seguirle el paso.
— No me importa faltar… y tú harás lo mismo de ser necesario, además, ser el dueño de la maldita compañía tiene sus ventajas mi compañera, se hace lo que yo diga — dejó claro el lobo ojiazul.
—Pero…
—