Eran más de medianoche. Y desde que el colega de Erick la había dejado en la puerta de su edificio, no había podido hacer más que caminar de un lado a otro. Había intentado leer, ver televisión, llamar a su madre —cosa que no era buena idea considerando la hora—, pero nada parecía ser suficiente para liberar la tensión de su cuerpo.
«Había regresado a la ciudad», de repente la sacudió aquel pensamiento.
No pudo evitar mirar hacia la puerta, mordiéndose el labio con insistencia. En el fondo, s