La puerta del auto se abrió de golpe, y una mano la agarró por el cabello, sacándola sin una pizca de amabilidad.
De esa forma, fue arrastrada y lanzada sin contemplaciones al suelo de un almacén.
Un grupo de hombres, que a sus ojos eran espantosos, la rodeó de inmediato.
—Pero miren esa cara. Es una muñequita —dijo uno de ellos con su voz cargada de lascivia. Se inclinó para mirarla mejor.
Celeste se retorció y se hizo un ovillo, intentando desesperadamente que no le pusieran una mano encima.