Ese primer día en casa, se despertó temblando por culpa de esa sensación insoportable que recorría su cuerpo. Le dolía la piel, los músculos, el pecho. Pero más le dolía el alma, porque sabía lo que significaba, porque sabía que necesitaba más.
Al principio intentó resistir. Se dijo que podía, que solo eran unas horas, que pronto pasaría. Se metió bajo las cobijas, se abrazó a sí misma. Pero la ansiedad fue creciendo, trepando por su garganta como una serpiente, enroscándose en su cabeza.
Y en