Valeria acababa de terminar de peinar a Gabriela cuando sonó el timbre del departamento. Estaba sola con las niñas esa tarde; Enzo aún no regresaba del trabajo y no esperaba visitas de nadie. Por eso, al escuchar el sonido insistente en la puerta, frunció el ceño, y comenzó a sentirse asustada, pero pronto recordó que afuera estaban el dúo de gorilas que les había conseguido Enzo. Eso sirvió para calmarla.
—Ustedes quédense aquí —indicó a sus hijas, limpiándose las manos con una toalla.
Caminó