Eloísa apenas veía por dónde caminaba mientras su padre, completamente transformado y con el rostro endurecido, la arrastraba fuera del salón. No había amabilidad en su tacto, solo unos deseos enormes de castigarla, justo como cuando era una niña y se portaba mal.
—¡Camina! —ordenó Javier con los dientes apretados. Su voz fría la hizo temblar más.
Ni siquiera pudo responder. Iba descalza. En algún punto, durante la caída, había perdido un zapato. Pero no importaba. Nada importaba. El zapato era