Valeria salió de la oficina, completamente harta. Estaba harta de Enzo, de sus juegos sin sentido, de sus frases vacías que carecían de afecto. No la amaba. Eso estaba claro. Pero seguía empeñado en fastidiarle la vida.
¿Por qué?
¿Para qué?
—Valeria —su voz se escuchó cerca, así que apresuró el paso.
Ella no se detuvo. Ni siquiera giró el rostro. Necesitaba salir de allí. Respirar. Pensar. Estaba comenzando a asfixiarse con tantas mentiras y discursos baratos.
Pero el destino, cruel co