Desde que salió del hospital, supo con exactitud que no podía seguir atada a Enzo. El hombre era un grano en el trasero, insistente y molesto.
Decía estar arrepentido y querer cambiar, pero, ¿podía creerle? Por supuesto que no. Era mentiroso por naturaleza. Astuto, cruel.
Lo había amado en el pasado y había resultado mal. Obviamente no quería repetir el error. Así que marcó a Rodrigo. El hombre que ahora era su mano derecha sabía de negocios, de la bolsa, sabía de un montón de cosas que ella ignoraba y, también, tenía contactos. Contactos buenos.
—Rodrigo, disculpa que te llamé, pero…
—No tienes que disculparte por nada. ¿Cuántas veces debo decirte que estoy a tu disposición?
—Lo sé, gracias. Pero todo esto sigue resultando extraño para mí. Todavía no me lo creo —dijo más para sí misma que para el hombre que se encontraba al otro lado de la línea—. En fin, necesito pedirte un favor.
—Lo que quieras.
—Es sobre el divorcio —contó despacio—. Enzo se niega a firmar y yo… no quiero s