—¿Te quisiste embarazar a propósito? ¿Es eso lo que intentas decirme? —su rostro estaba completamente desprovisto de emoción. Era como si una sombra gris lo hubiera absorbido.
Eloísa notó el cambio de actitud y decidió que debía jugar muy bien sus cartas.
—¡No! ¡Claro que no! —se defendió con fingida inocencia—. Solamente he dicho que no tomé las pastillas. ¿Por qué sacas ese tipo de conclusiones de la nada? Me ofendes, Enzo.
—¿Quieres que te crea ese cuento?
—¿¡Cuento!? ¿¡De qué hablas!?
—Sabías muy bien lo que hacías —acusó—. Dime, además de dejar de tomar las pastillas, ¿qué otra cosa hiciste? ¿Pinchaste también mis condones?
La mujer comenzó a derramar lágrimas, sus ojos desbordándose como cascadas.
—¡¿Cómo te atreves?! —chilló.
—No —negó, rotundo—. ¿Cómo te atreves tú a usar este tipo de trucos?
—¿Trucos? —puso una mano en el pecho, mostrándose dolida—. ¿Por quién me tomas, Enzo? ¿Acaso crees que soy igual a esa mujerzuela? ¿Me estás comparando con Valeria?
—Hay una diferencia en