—Pensé que nunca te animarías a llamarme —la voz aterciopelada del hombre hizo que su piel se pusiera de gallina.
¿Estaba esperando su llamada?
No sabía por qué el hecho de saberlo la ponía más nerviosa que antes.
—Señor Velazco, ha sido usted un excelente comprador —dijo con un tono que bien podría compararse con el de una persona en medio de un comercial de televisión—. Lo mínimo que podía hacer, luego de que tan amablemente me facilitara su tarjeta, era llamarlo para saludarlo.
—No, no. N