Valeria no podía apartar la vista de Enzo. Aún tenía un hematoma sobre el pómulo izquierdo, el labio partido y algunas vendas rodeándole la cabeza y las manos. Pero estaba vivo. Y eso era todo lo que importaba.
Sentada junto a la camilla, le tomaba la mano mientras con la otra se secaba las lágrimas de forma disimulada. No quería que las niñas la vieran llorar más. Habían pasado toda la noche en la sala de espera, abrazadas a ella, preguntando por su papá.
Ahora estaban allí, en la habitación,