Las palabras que escupió Javier, mirándolo desde arriba, con los ojos inyectados en sangre, le parecieron un completo chiste.
Enzo lo miró directamente a los ojos, con una sonrisa burlona tirando de sus labios.
—Tú tampoco tienes idea de lo que soy capaz. Tanto me temes que tienes que amarrarme a una maldita silla para que no te despedace esa cara de imbécil que tienes —disfrutó de cada palabra viendo cómo se le desfiguraba el rostro a Javier por el enojo—. La verdad es que no eres más que un c