—¡Y él no movería ni un dedo por ella!
—Ya, ya, dejen de envidiarme —la voz melosa de Jenny destilaba presunción—. De todas formas, conozco a muchos jóvenes ricos de la alta sociedad. En algún momento le diré a Miguel que organice algo para presentárselos. ¡Quién sabe, tal vez encuentren a su media naranja!
Laura respiró hondo, conteniendo el dolor en su pecho. Miguel cumplía cada capricho de Jenny; tal vez hasta le bajaría las estrellas del cielo si ella se lo pidiera.
Después de un rato de est