—¡Paf! ¡Paf! —las bofetadas resonaron en la silenciosa habitación como truenos repentinos, estremeciendo hasta lo más profundo del alma.
Los ojos de Patricia estaban enrojecidos, brillando con lágrimas de odio e indignación. Mordía su labio inferior para contener cualquier sollozo, como si quisiera descargar todo su dolor y resentimiento a través de esos golpes.
Miguel, con la cabeza dando vueltas por los golpes, simplemente dejó que el ardor se extendiera por sus mejillas. Cerró los ojos y resp