A la mañana siguiente, Anya se dirigió a la oficina de Alexei con cierta aprensión. Él la había citado temprano y no sabía qué esperar, al entrar, lo encontró revisando unos documentos con el ceño fruncido.
—Buenos días, Anya. Toma asiento —indicó sin levantar la vista.
Ella obedeció, retorciendo nerviosamente sus manos en el regazo.
—Te llamé porque debemos coordinar nuestros horarios —dijo Alexei finalmente, mirándola con seriedad— no toleraré la presencia de Viktor aquí, así que será mejor q