Julieta
Salí de residencias Ónix con el corazón golpeándome el pecho. Apenas escuché la voz del alfa Horacio y todos se arremolinaron para recibirlo, aproveché la distracción. Todavía me retumbaban en los oídos sus palabras despectivas hacia los humanos, como si no mereciéramos ni el aire que respiramos. Me revolvía el estómago. Recordé cómo tuvimos que salir de la manada por el simple hecho de no tener lobo. Y como si fuera poco, debido a sus órdenes, tuvimos que irnos de nuestro nuevo del pue