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Justo cuando las puertas del ascensor estaban por cerrarse sobre la figura rígida y colérica de Guido, una mano enguantada en seda detuvo el mecanismo. Una mujer de facciones delicadas, con un aura de serenidad que contrastaba violentamente con la tormenta que Guido acababa de desatar, entró en el penthouse.

Era Mariola Fitzwilliam, la madre de Massimiliano.

Guido la miró con impaciencia, apretando el pomo de su bastón.

—Mariola, ¿qué haces aquí? Vámonos, este lugar ya no es digno de nosotr
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