5:

Aitana se sintió ofendida, y alejando a Fernando de ella, no le permitió acercarse mas de la cuenta.

—Aléjese de mí, aun cuando he sido abandonada por Alejandro no estoy desesperada por encontrarle un reemplazo…no vuelva a faltarme al respeto. — dijo Aitana completamente tajante.

Fernando sonrió, y sin apartarse de aquella mujer, la miró directamente a sus preciosos ojos verdes.

—¿Un reemplazo?, yo no soy reemplazo de nadie, menos aún de ese enclenque que es mi mayor, y, escucha, sé que mi visita es repentina, pero la razón por la cual vine a verte hoy, mujer, es porque has chocado con mi auto, y eso me ha costado un par de golpes y mi propiedad completamente destrozada…así, ¿Qué es lo que harás, Aitana? — cuestionó Fernando alejándose un poco de la hermosa mujer.

Aitana abrió los ojos completamente confundida y recordando a aquel hombre rubio tan similar a Alejandro que se acercaba a ella cuando ocurrió el accidente. ¿El destino era tan cruel como para hacerla estrellarse contra el auto del hermano gemelo de su ex? Aquello parecía una broma cruel.

—Yo…no tengo dinero para pagarte…pero si me esperas, puedo reunir el dinero para cubrir todo el daño que he provocado con mi imprudencia. — respondió Aitana con seriedad, pues ni siquiera tenía para pagar sus cuentas del hospital…y aquel fajo de billetes que Ainara le había restregado en la cara, no iba a utilizarlo…su orgullo era mucho más grande.

Fernando caminó hacia aquel fajo de billetes y lo dejó en las manos de Aitana, por supuesto; como toda persona que se consideraba alguien, sabía muy bien del miserable trato que la familia Mendoza daba a su hija mayor, quien se había revelado ante su padre para estudiar medicina y trabajaba como médico en un hospital humilde.

—¿Y si te dijera que no es dinero lo que quiero a cambio? Hay cosas que tienen mucho más peso y valor que solo un fajo de billetes. — dijo Fernando con seriedad.

Aitana, instintivamente, se abrazó a sí misma. Ella aún era virgen, pues su sueño había sido llegar pura a su matrimonio con Alejandro, y aunque ahora aquel sueño estaba perdido, no quería pertenecerle a nadie más, menos aún por una razón como aquella. Creía entender que era lo que el mayor de su ex le estaba pidiendo.

—Lo lamento señor Toledo, pero no soy el tipo de mujer que liquida sus deudas con su cuerpo, le pagaré cada centavo de los daños que provoqué, pero no daré nada más a cambio. — respondió Aitana.

Fernando soltó una risa, aquella mujer lo estaba entendiendo mal.

—Eres una mujer muy bella, querida ex cuñada, pero no soy el tipo de hombre que se aprovecha de la vulnerabilidad de una dama para tomar su cuerpo. Lo que vengo a proponerte es diferente…algo mucho más complicado que solo tomarte. — respondió Fernando.

Aitana achicó los ojos con desconfianza mientras miraba a aquel hombre.

—¿Y que es aquello que desea señor Toledo? — cuestionó.

Fernando sonrió, y acariciando el rostro de Aitana, repentinamente la besó en los labios para luego separarse de ella y mirarla fijamente a los ojos.

—Eso es sencillo, quiero que te conviertas en mi esposa para vengarme de mi hermano. — afirmó Fernando tomando la caja que contenía el vestido de novia de Aitana.

Aitana abrió los ojos con sorpresa ante la propuesta que acababa de escuchar.

—Perdón, ¿Pero escuché bien?, ¿Me está pidiendo que me case con usted cuando apenas acabo de terminar mi relación de seis años con su hermano y a usted no lo conozco lo suficiente? Me parece un precio un poco alto el que pide a cambio de los daños que ocasioné. Lo siento, pero no puedo aceptarlo, no voy a casarme con el hermano mayor de mi ex prometido, no quiero un reemplazo. — respondió Aitana.

Mirándolo de cerca, Fernando Toledo era realmente idéntico a Alejandro, con aquellos mismos ojos azul celeste y cabellos dorados, sin embargo, la mirada era al mismo tiempo que idéntica, completamente diferente, mientras que los ojos de Alejandro se mantenían casi siempre serenos, los de Fernando eran salvajes, llenos de vida y de emoción, y aquello la estremeció provocándole un escalofrió de rechazo.

Fernando sonrió. Por supuesto, esperaba esa respuesta, aquella no era una mujer fácil.

—No voy a cobrarte por ninguno de los daños que se ocasionaron en el accidente, sin embargo, tu, la legitima hija de los Mendoza, ¿Realmente estas dispuesta dejarte pisotear por tu hermana menor como siempre?, como te dije hace un momento, yo no soy reemplazo de nadie, mucho menos de Alejandro…puedo demostrarte lo diferentes que somos en realidad, yo no doy traición por lealtad, y puedo darte la venganza que deseas tanto como yo en tus manos, puedo hacer que seas tu quien sostenga lo que Ainara sostiene. Piénsalo y llámame cuando tomes una decisión. — respondió Fernando dejando sola a Aitana.

Tomando aquellas flores que aquel misterioso hombre que repentinamente había aparecido como una broma del destino, notó como una tarjeta caía de ellas y leyéndola vio tan solo un numero celular escrito a mano en ella.

—Fernando Toledo… — musitó Aitana.

Y sintiendo aquel fajo de billetes junto a ella, lo apretó con rabia. Ya no era más una Mendoza, y desde ese momento iba a llevar el apellido de su madre, Bellucci, siendo la promesa de medicina que era, se aseguraría de llegar lejos por su madre…y por ella misma, sin importarle nada más…no sería herida de nuevo.

Aquel fajo de billetes que Ainara le había dado para humillarla, tarde o temprano se lo regresaría integro, cuando ella más lo necesitara. Se lo juró a sí misma.

—¡Han pagado toda la deuda del hospital! — gritó Ramon entrando a la habitación. — Podemos irnos en cuando estes lista. — terminó de decir.

Sorprendida, Aitana se preguntó si Alejandro había pagado…o si había sido alguien más.

—¿Quién lo ha pagado? — cuestionó Aitana.

Ramon negó.

—No lo sé, no quisieron decirme, quien pagó pidió mantenerse en el anonimato. — respondió.

Aitana se cuestionó quien podría haber sido, pues sabía que Fernando Toledo no tenía recursos, pues supuestamente era indigno de ser heredero, debido a sus juergas, había sido sacado de la herencia principal de los Toledo y tan solo había recibido una pequeña fortuna de su madre fallecida que supuestamente había despilfarrado apenas recibiéndola.

Tal vez, y llevando la contraria a su padre, Alejandro había decidido tener piedad al final, se dijo a sí misma.

—Ya averiguaremos quien fue, por ahora ayúdame a alistarme y vámonos, no quiero que nadie más me visite de manera inesperada. — respondió Aitana.

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