3:

—No he hecho tal cosa, pero no van a creerme, y, Alejandro, tú me conoces mejor que nadie, ¿Por qué asumes que me esto ha sido a propósito?, ¿Cuándo he actuado fuera de mi?, ¿Ha que han venido si creen que me he provocado esto? — cuestionó Aitana con amargura, apretando las sabanas de su cama entre sus manos.

Alejandro se sintió conmovido al mirar a su ahora ex prometida tan indefensa, tan sola y herida, y por un momento quiso acercarse a ella para consolarla, pero el abrazo firme de Ainara, lo devolvió a la realidad…Aitana no era una mujer que quisiera llamar la atención, sin embargo, ante lo ocurrido, dudó de ella.

—Lo lamento, pero justo como estas ahora, no se de que serias capaz de hacer con tal de que me case contigo…se que esto es difícil para ti, pero Ainara esta enferma, su cáncer ha avanzado mas de lo previsto, y ella merece conocer la felicidad. De verdad, lo lamento. Yo pagaré la cuenta, no tienes que preocuparte de ello, sé que no tienes el dinero para hacerlo. — respondió Alejandro.

En ese momento, Aitana sintió como su corazón nuevamente se rompió, Alejandro ahora la creía capaz de semejante chantaje, y dando una mirada a su media hermana, pudo ver aquella sonrisa triunfal, idéntica a las que hacia cuando ambas eran niñas y lograba quitarle sus pocos juguetes, y su sangre hirvió de rabia.

Sin permitirse llorar enfrente de ellos, Aitana giró su vista hacia la ventana, la habían sorprendido en medio de su llanto, pero no les permitiría ver una lágrima más.

—No es necesario que pagues la cuenta de esto, ahora, les pido que se vayan. — respondió.

—Oh, cuanto lo siento, yo no sabía nada de eso, Alejandro, cariño, creo que lo mejor es que le des dinero a mi hermana, yo comprendo su sentimiento, también tuve que valerme por mí misma mientras estuve en los Estados Unidos, se lo que vale cada dólar de esfuerzo…aunque por mi enfermedad, yo no tuve la oportunidad de ahorrar nada pues no quería molestar a papito con mis problemas de salud, y cada dólar que gané fue para pagar mis tratamientos, así que por favor, paga su cuenta, no quiero afectar aún más a mi querida hermana. Yo trabajare duro para no ser una carga para ti, aunque me sienta tan débil lo haré. — dijo Ainara con fingida culpa.

Alejandro tomó la mano de Ainara.

—No te preocupes, tu estas delicada de salud, no debes de hacer ningún esfuerzo, Aitana, toma mi ofrecimiento como una disculpa por romper nuestro compromiso, y aunque tu misma te causaste este accidente por ir manejando a alta velocidad, asumiré todos los gastos, tu hermana no se provocó su enfermedad, y aun como se encuentra, quiere que tu estes bien, no le hagas pasar por más angustias, no seas orgullosa y acéptalo. — dijo Alejandro sosteniendo la mano de Ainara.

Aitana quería llorar de frustración, pero apretando los puños no se permitió hacerlo.

—¡Aitana!, tu hermana necesita más del apoyo de su prometido que tú, no puedo creer que sigas siendo tan egoísta como cuando eras una chiquilla y no querías compartir nada con tu hermana menor, ya está decidido, Alejandro no va a pagar nada de lo tuyo porque no le corresponde hacerlo, ahora, será mejor que pongas atención, yo no he venido a consentirte, si no a darte un aviso importante, corta este drama ridículo de una buena vez. — dijo Augusto con enojo.

Siempre era lo mismo, pensó Aitana; siempre era ella la señalada por egoísta, y nadie comprendía sus sentimientos…ella acababa de perder al amor de su vida, pero a nadie parecía importarle aquello…y ella no podía hacer nada más que aceptarlo, por el bien de su media hermana.

—Está bien, no tomaré un solo dólar de Alejandro, y el, tal y como es necesario, será el esposo de Ainara, ahora mismo, les pido que se vayan. — exigió Aitana sin mirar a ninguno de ellos.

Augusto dio un paso al frente junto a un hombre, su abogado. Tronando los dedos, el poderoso hombre hizo que su abogado entregara un documento con espacio vacío para una firma en las manos de Aitana, quien sorprendida abrió los ojos con gravedad al leer rápidamente el contenido del mismo.

—Por supuesto que nos iremos, yo tampoco quiero seguir perdiendo el tiempo en este lugar, sin embargo, desde este día dejaras legalmente de ser una hija de la familia Mendoza, ahora que Ainara va a casarse con el heredero Toledo y tú has terminado tu compromiso con él, ya no eres necesaria para esta familia, solo te mantuve hasta este momento con mi apellido tan solo porque ibas a casarte con un hombre tan importante, y aunque siempre consideré que era mi Ainara la adecuada para ser la esposa de Alejandro, tu negativa a dejarlo y la de el de dejarte, no me había permitido actuar antes, sin embargo mi querido yerno a abierto al fin los ojos y admitido que Ainara es mejor que tú en todo sentido, y con la enfermedad de tu hermana avanzando no hay tiempo que perder, así que firma el documento para hacer la renuncia de apellido, de todas maneras jamás contemplé ni una pequeña posibilidad de convertirte en mi heredera. — afirmó Augusto con seriedad y dando una mirada de desprecio a la hija que tuvo con su primera esposa.

Aitana sonrió, aquello era algo que había estado esperando desde hacía un largo tiempo; todas las intrigas que hicieron María Fidel, su madrastra, y Ainara, después de tantos años, finalmente estaban dando los resultados esperados por ambas; ella era la hija de Bianca Bellucci, una famosa cantante francesa que fue el gran primer amor de su padre, pero que debido a un terrible accidente murió siendo aún muy joven y cuando aún ella era una niña muy pequeña, y tan pronto como su madre murió, María entró en su vida como su madrastra, aunque nunca la quiso en realidad y desde el primer instante en el que entró en la mansión Mendoza la relegó a las habitaciones de la servidumbre y el trato tan solo fue a peor cuando tan solo unos meses después nació Ainara…era obvio que su padre había estado engañando a su pobre madre con su secretaria antes de que muriera.

Dando una mirada de desprecio a cada uno de ellos, y sin desear nada más que tan solo la dejaran en paz, Aitana apretó los papeles y alcanzando la pluma del abogado firmó la renuncia a su apellido paterno en ese mismo instante ante la sonrisa burlona de su hermana menor.

Alejandro apretó los puños, pero sin atreverse a hablar, se quedó en silencio. El no podía, ni, aunque lo quisiera, interferir con aquellos asuntos.

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