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Pero también sabia, que no existían realmente limites en lo que Fernando Toledo pudiera hacer con tal de tenerla…aquel amor, meditó para sí mismo, era enfermizo. Luego de un rato y un corto viaje silencioso, finalmente habían llegado a la mansión Toledo.

—Espera, Aitana. — suplicó Julia a la castaña que casi corrió a acercarse a la mansión que parecía tener siglos sin ver, mientras Fernando estacionaba el coche en uno de los pocos sitios disponibles del enorme y cuidado jardín.

El cabello sedos
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