134:

Acercándose a su esposo, Aitana lo tomó de la mano.

—Tenemos que hablar. — dijo mirándolo a los ojos.

Desde la puerta de aquel club, Augusto Mendoza observaba a Aitana que ahora parecía haber conseguido el apoyo de alguien poderoso. Aquella, la hija de su hermano mayor y a quien creía de alguna manera vivo, había demostrado tener mucho más carácter y dignidad que todas aquellas caprichosas mujeres, que le hacían segunda a su querida Ainara, y eso le resultaba intolerable.

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