Acercándose a su esposo, Aitana lo tomó de la mano.
—Tenemos que hablar. — dijo mirándolo a los ojos.
Desde la puerta de aquel club, Augusto Mendoza observaba a Aitana que ahora parecía haber conseguido el apoyo de alguien poderoso. Aquella, la hija de su hermano mayor y a quien creía de alguna manera vivo, había demostrado tener mucho más carácter y dignidad que todas aquellas caprichosas mujeres, que le hacían segunda a su querida Ainara, y eso le resultaba intolerable.
Alejandro también vio