Aquella respuesta ya la conocía, Aitana Toledo decía la verdad; ya la había investigado, por supuesto, después de todo, Fernando y Alejandro eran los únicos sobrinos lejanos que tenía que habían heredado la incalculable fortuna de los Toledo, sin embargo, aquella mujer no estaba haciendo alarde del trabajo de caridad que hacía en el orfanato y en los asilos de ancianos, aquello era bueno, pues le indicaba que la joven no era pretenciosa ni hablaba de más tan solo para causar una buena impresión