Seguía siendo de día en el atasco, Libi estaba tendida en el asiento, medio dormida, y la música era apenas audible. La energía no alcanzaba para los bocinazos, sólo su auto estaba en la calle vacía y blanca, detenido en el tiempo.
El verdugo también le había dado una pausa al no ir a visitarla. Libi se arrastró hasta el lavabo, giró el grifo con la boca y bebió del chorro. Movía los dedos de sus manos apresadas para despertarlos y obligó a sus piernas a mantenerse firmes y llevarla hasta la pu