Libi puso unas monedas en la máquina expendedora de la sala de espera y compró unos chocolates.
—En el trabajo de mi papi hay de éstas.
Marcelo llevaba dos horas siendo atendido en el hospital luego de la caída. ¿Cuántas horas había durado la tranquilidad que ella buscaba? Ya mejor se rendía y se quedaba en casa encerrada.
—Mi papi.
—Sí, hija, ya te oí.
—¡Mi papi!
Libi miró hacia donde Espi señalaba y deseó mejor no haberlo hecho. Irum se acercaba por el pasillo y recibió a Espi en sus b