Ya no quedaba energía para atasco vehicular, música, auto, cubierta de Van Gogh ni aromatizante de limón. La mente de Libi, agotada, también se había vuelto prisionera. Seguía moviendo los dedos de las manos, esos no podía dejar de sentirlos porque pintar era su vida y, si había una vida más allá de los muros que la enclaustraban, ella los necesitaría para pintar.
Ella volvería a vivir, soñaba con aquel momento.
El verdugo regresó un día y ella lloró de alegría. El estómago vacío comenzaba a de