Alguien dijo una vez que nada se valora tanto como cuando se pierde. Encerrada en la oscuridad del pequeño cuarto, despojada de sus ropas, su dignidad y hasta de su humanidad, Libi pensaba en el mundo exterior.
Imaginaba que estaba sentada tras el volante de su auto, del primero, ese que compró ahorrando religiosamente todos los meses y cuya adquisición celebró con una buena borrachera en su departamento. Mataría por una cerveza bien fría y burbujeante.
Si salía con vida de ésta, se tomaría h