—Nunca sentí un dolor tan intenso, lo máximo que me había quebrado antes habían sido un par de uñas.
Pasado el mediodía, Libi por fin pudo ver a Marcelo y saber de su estado. Él sonreía, pese a la horrorosa situación que lo había llevado hasta allí.
—Lo lamento, Marcelo —le decía Libi, con los ojos llorosos y sin soltarle la mano.
—¿Por qué, bella? ¿Qué podrías haber hecho? Tu deber era proteger a la bambina.
—Sí, pero...
—Nos hizo falta tu martillo.
Incluso herido como estaba él tenía en