La dirección me llevó a un pequeño café escondido entre edificios modernos, en una de esas zonas residenciales que siempre parecen demasiado tranquilas para ser reales. El toldo rojo vino sobre la entrada estaba raído por el sol, y el nombre del local apenas se distinguía en letras cursivas doradas.
Me quedé frente a la puerta unos segundos. La duda se aferraba a mi nuca como un peso invisible. Había algo en esa llamada, en ese tono de voz tan familiar como inquietante, que no me dejaba en paz.