El sonido de mis pasos contra la acera era lo único que lograba escuchar con claridad.
El mundo alrededor seguía su curso habitual: bocinas, conversaciones, el murmullo constante de la ciudad que nunca se detenía. Pero dentro de mí, todo estaba en silencio. Un silencio denso. Preciso. Como el que precede una tormenta.
Caminé sin rumbo fijo durante casi veinte minutos después de que Victoria se fue. La dirección que me había dado no estaba lejos de mi apartamento, pero sentí que necesitaba mover