Colgué. El silencio que se instaló en el penthouse fue absoluto, tan denso que casi podía masticarlo. Me quedé inmóvil, con el celular en la mano, la mirada perdida en la alfombra persa que cubría el suelo. En mi oído, el eco de la voz de Adrian —cálida, sincera, envenenada— se repetía como un mantra macabro.
La generala que había en mí, la estratega fría que había diseñado la trampa junto a Xander, debería haber sentido la satisfacción de la victoria. El anzuelo estaba en el agua. El enemigo