La pantalla se iluminó para ver el mensaje entrante: “Perdóname”.
Arqueé la ceja, confundida. Abrí el mensaje para ver el remitente. Era de Adrian.
Me quedé inmóvil, con el teléfono en la mano, mientras las puertas del ascensor se cerraban y comenzaba el lento descenso. La palabra rebotaba en mi mente, vacía de contexto, pero cargada de un peso ominoso.
Perdóname.
¿Perdón por qué? ¿Por su preocupación? ¿Por no haber insistido más? ¿O por algo que yo aún no sabía?
Un general no deja un flanco