El ascensor se detuvo con una sacudida suave. Las puertas metálicas se abrieron, revelando no el pasillo de mi apartamento, sino el cielo nocturno y abierto de la ciudad. El viento me golpeó de inmediato, frío y afilado, colándose bajo mi ropa, llevándose consigo el calor artificial del edificio y dejándome con el frío de mis propios huesos, y de mis pensamientos.
La azotea estaba desierta. Era un paisaje de cemento y antenas, un mundo suspendido sobre el murmullo distante del tráfico. Caminé c