La mañana siguiente llegó sin la fanfarria de una tormenta, sino con la quietud fría y cortante que la precede. No había dormido, no realmente. Mi mente había trabajado toda la noche, trazando mapas, evaluando amenazas y diseñando una estrategia de batalla. La mujer rota que se había derrumbado en los brazos de Adrian ya no existía. En su lugar, había una calma de acero, una claridad forjada en el fuego de la desesperación.
Me levanté de la cama antes de que sonara la alarma. Lo primero que hic