ADRIEL MATTIAS
Caietta y yo permanecimos en silencio durante unos segundos. Era como si estuviéramos esperando a ver quién hablaría primero. Lo que dije antes debió de haberle golpeado fuerte, porque incluso yo me sorprendí de las palabras que salieron de mi boca.
Desde sus labios entreabiertos, cerró la boca y luego se aclaró la garganta. Se acomodó en el asiento y miró al frente, mientras yo mantenía la vista fija en su rostro. Al cabo de un momento, estiró la mano hacia la manija de la puerta del coche, claramente con la intención de bajar.
Estaba a punto de agarrar el brazo de Caietta cuando me quedé paralizado, porque de pronto soltó una risa seca. Un segundo después, se giró para mirarme. No pude descifrar la expresión de su rostro, casi como si hubiera dicho algo increíble.
—Eres un completo imbécil —dijo Caietta.
Contuve una risa. Antes, me afectaba cada vez que me insultaba con nombres que nadie más se atrevía a decirme. Pero ahora, poco a poco, me estoy acostumbrando. De hec