XENIA
—¿Es cierto? ¿T‑tú también me amas?
Entrecerré los ojos. —No lo voy a repetir, Adriel.
—Quiero que lo digas otra vez, Xenia —ordenó Adriel.
Me giré para mirarlo, levantando una ceja. —¿Y si no quiero? ¿Qué harás?
Entrecerró los ojos, lleno de frustración. —Tú… —Estaba a punto de acercarse, pero Marcelline apareció y lo detuvo.
—¿Dónde están ellos, papá? —preguntó, refiriéndose a los cuatro invitados que yo había echado.
Me acerqué a mi hija y me agaché a su nivel. —Vendrán a visitarnos ot